Grúas Abandonadas en la Isla Maciel


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La Isla Maciel es rica en espectáculos brutales. En ella no se puede deslindar, por momentos, dónde termina el cañaveral y empieza la ciudad.

Tiene calles terribles, dignas de la cinematografía o de la novela.

Calles de fango negro, con puentecitos que cruzan de casa a casa. Los perros, en fila india, cruzan estos puentes para divertirse, y es regocijante verlos avanzar un metro y retroceder cincuenta centímetros.

Hay calles a lo largo de sauzales, más misteriosas que refugios de pistoleros, y un tranvía amarillo ocre pone sobre el fondo ondulado de chapa de zinc de las casas de dos pisos, su movediza sombra de progreso.

En ciertas direcciones, a las once de la mañana, en la isla, parecen las tres de la tarde. No se sabe si se encuentra uno en una orilla de África o en los alrededores de una ciudad nueva de la península de Alaska. Pero es ostensible que los fermentos de una creciente civilización se están fraguando entre los chasquidos de idiomas raros y los “overoles” de los hombres, que cruzan lentamente caminos paralelos a vías que no se sabe adonde irán a parar.

Pero el espectáculo que más llama la atención al entrar en la isla, a pocos metros del puente del Riachuelo, es una guardia de veinte gigantes de acero, muertos, amenazando el cielo con los brazos enredados de cadenas, abandonados.

Un día, resultó que el frigorífico hizo nuevas instalaciones, que las convirtieron en superfluas. Y desde entonces no han vuelto a moverse sus poderosos brazos de acero, cosidos por largas filas de remaches.

Es extraordinario ver estos mecanismos abandonados, enfilados en los rieles de la orilla y enrejados el cielo de azul cobalto con sus brazos en V, oblicuos y detenidos todos en la misma dirección. Parece éste un paisaje de algún cuento fantástico de Lord Dunsany.

De roldanas negras, cargadas de grumos de grasa y hollín frío y perpendicular, un chingolo salta de una polea a un contrapeso.

Y nada más sombrío que este pajarito revoloteando entre hierros inútiles, tirantes de hierro mordidos por la oxidación. Él da la sensación definitiva de que esas toneladas de acero y de fuerza, están muertas para siempre.

Ni las casetas de los maquinistas se han librado de la destrucción.

Los vidrios han desaparecido totalmente, los marcos de madera, agrisados, se hienden y parten, y como una blancura de hueso de esqueleto es la blancura de la masilla que en los contramarcos se desprenden lentamente para seguir el camino de los vidrios. E incluso el mango de madero de las palancas de los guinches se ha rajado, en la incuria del tiempo y sus inclemencias.

Todo alrededor revela la destrucción aceptada.

El malecón, donde cruzan los rieles que soportan estos guinches, también se desmoronan. Numerosas tablas del piso han desaparecido, y las que quedan, blanquean como osamentas de dromedarios en el desierto, y por esos huecos, que dejan escapar un viento áspero, se escucha cómo chasquea el agua morena.

Retorcidos y rojizos quedan, de lo que fue, los clavos de cabeza cuadrada y matas de pasto verde.

Y por donde se mira, en un torno de estas veinte grúas, enfiladas como condenados a muerte, o patíbulos, no se comprueba otra realidad que la paralización de la vida. En los carriles, las ruedas parecen petrificadas sobre sus ejes; bajo las bóvedas de sus cuerpos piramidales han construido refugios los desocupados y los vagos, y secándose al sol, colgadas de sogas, se mueven las ropas recientemente lavadas.

Mientras tomo apuntes, por allí sale de debajo de una grúa un criollo ciego, con bigotes blancos. Un cocinero de una chaca, a gritos despierta a un vago para ofrecerle una fuente las sobras de una tallarinada, y únicamente mirando hacia el puente, o hacia el agua, o a los bares de la vida, se olvida uno de este espectáculo siniestro, que encarnan los veinte brazos, enguirnaldados de cadenas hollinosas, enrejando el cielo de un azul cobalto, entre la desgarrada forma de sus dobles V.

 

Roberto Arlt, “Aguasfuertes porteñas”, 1958

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