Otra vez de paso – Cronica


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Sobre la Autopista 25 de Mayo asoma el primer rayo del sol, los trabajadores salen de la estación del ferrocarril Roca. Llegan a “Conti”, como le dicen los del barrio. Llegan, pero de paso.

Algunos todavía duermen cubiertos con sus frazadas de diarios en la puerta de un hotel mientras los madrugadores desayunan una cerveza. De a poco, en las dársenas de la Avenida Garay, se va formando una fila infinita de personas, uno a atrás de otro se colocan como ensayando una coreografía y soplándose la nuca van subiendo a los bondis. Los más audaces se sumergen en la estación de la Línea C, lentamente van descendiendo hacia un mundo subterráneo. Dentro de los vagones, un cantante improvisa a capella con voz ronca “Sobreviviendo” que finaliza en un aplauso tímido del público.

Entre los bosques de piernas un pequeño se aventura, parece estar jugando, las miradas asustadizas le escapan y se pierde rápidamente entre la multitud. Es uno de los tantos hijos de “Conti”, que viven en este universo alrededor del Roca. Son los olvidados del barrio, nadie los quiere ver, pero existen. Con malabares simpáticos intentan gambetear la triste realidad de la calle. Esperanzados van colocando en cada regazo una estampita del Gauchito Gil, una y otra vez.

En la calle Salta se planta un auténtico bazar persa ofreciendo remeras de fútbol, películas, cds de música, zapatillas de miles de colores, un sinfín de artículos que plasman un collage sobre la vereda. Desde Sierra Leona, un negro azulado vende alhajas de fantasía al ritmo de una cumbia hipnotizante. Su presencia intimida, su mirada refleja un desencanto.

Esquivando gente, un enamorado de lo ajeno ansía primerear a un despistado. Arremete y, como una liebre escapa entre los autos luego de conseguir el botín. La víctima no encuentra consuelo, su día no será el mismo, nadie vió nada o mejor dicho, nadie quiere ver.

En esta calle el negocio habita en cada baldosa, trueques, remates, ofertas, servicios que se presentan en un mercado donde la droga y la prostitución siempre están en alza.

En el pasaje O`Brien la geografía cambia, la veloz lengua guaraní suena bajito. Un agradable aroma a mbeyú y chipá sale de los hornos improvisados. El ambiente se torna futbolero las bailantas abren sus puertas a plena luz del día, en sus marquesinas flamea la bandera del Paraguay. La gente se amontona para entrar temprano. Un policía distraído custodia el lugar. El jolgorio conquista el ambiente, las carcajadas suenan insoportables, algunos empujones parecen hasta divertidos. En el centro de la escena un Don Juan incómodo chamuya un alquiler de besos. La noche cae pero “Conti” sigue igual.

El trópico se hace presente en una bachata desconocida. Los boricuas cierran sus peluquerías y entran a los bares de la calle San José. Entre miradas rígidas un juego de pool interminable aguarda la definición. Unas fichas de dominó decoran una mesa vacía. La rocola no descansa. Unas morenas hablan de negocios mientras que a su lado los autos desfilan.

Sobre la calle Virrey Cevallos una plazoleta se disfraza potrero. A toda hora un partido de fútbol se pone en marcha, la pelota es maltratada por una docena de personas que desesperados dan la vida por tenerla un segundo en sus pies.

La tensión aumenta llegando a la avenida Entre Ríos, las calles se tornan oscuras, apenas se pueden distinguir unos rostros. En la calle Solís los excesos hacen sus efectos, un silencio sepulcral brota de los conventillos. Los vidrios de una botella crujen en cada paso, una mancha de sangre es testigo de un enfrentamiento y a lo lejos suenan las sirenas descontroladas.

Debajo de la autopista, en un rancho hecho de cartón, un fuego lucha contra el crudo invierno de la calle, los inquilinos cuentan unas monedas y esperan ansiosos que abran las panaderías de la Avenida San Juan. Un tieso muchacho decora una esquina, otros se esconden perseguidos en la oscuridad.

El colectivo 60 ruge en su paso por la calle Santiago del Estero dando inicio a una nueva jornada laboral. Como todos y cada uno de los días el sol asoma sobre la 25 de Mayo, salimos de la estación del Roca y llegamos a Constitución. “Conti” como le decimos los del barrio. Llegamos, otra vez de paso.

 

Lucas Gastón Benítez

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